martes, 27 de noviembre de 2007

Rincones de Pamplona

Pamplona, o Iruña, para quien lo prefiera. Cuando uno escucha este nombre, lo primero que le viene a la cabeza por regla general es San Fermín y la fiesta que esto conlleva. Sin embargo, la del día a día dista mucho de esa bulliciosa, caótica, e incluso, sucia Iruña que la televisión y otros medios de comunicación muestran.

Iruña es una ciudad pintada de gris. Del gris de los adoquines que encierran el casco antiguo y las grandes losas de la Ciudadela que junto a los numerosos portales que la rodean en otra época constituyeron el recinto amurallado. Está pintada del gris frío y amenazador de las nubes de invierno o del txirimiri, frecuente en esta estación. A pesar de todo, otro color predomina en esta vieja ciudad, el mismo que luce en su bandera: el verde; de sus parque y jardines, o algo más oscuro, el de los diversos montes que la rodean.

Pero, Iruña es más. Tiene algo que le otorga una magia que realmente muy pocas ciudades tienen. Las hay que tienen encanto, sí, pero no magia como la antigua Iruña. Y es que, es realmente difícil explicar lo que uno siente cuando pasea por las estrechas calles de está ciudad desde las que se ven las diferentes torres de las iglesias. Uno se ve transportado a otra época. A una en la que la ciudad se dividía en tres burgos y existía rivalidad entre ellos.

No obstante, aquel que venga a visitarla no tiene que sentirse predispuesto a pensar que por ello se trate de una ciudad en la que la calidad de vida sea inferior a la de grandes ciudades como Barcelona, Madrid o Bilbao. Todo lo contrario. Ha sabido conservar aquello que dota a Iruña de un sabor añejo sin tener que prescindir de ninguna infraestructura moderna, como ocurre con la nueva Estación de Autobuses o la futura ampliación del Aeropuerto de Noain. Además, se ve enriquecida por los múltiples barrios que se han ido formando alrededor de la parte vieja, y más alta, de la ciudad. Son estos, los que en mayor medida aportan a Iruña ese aire de modernidad y actualidad basado en diferentes urbanizaciones.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Las manos de la “amatxi”

El 10 de junio de 1973 se celebró en Oiartzun (Guipúzcoa) un homenaje a un bertsolari. A este acto fue invitado Xalbador, el pastor de Urepel (Baja Navarra). Cuando le tocó su turno, se acercó con solemnidad al micrófono. Su figura mostraba a un hombre sereno y rebosante de confianza. Don Juan Mari Lekuona fue el encargado de comunicarle el tema sobre el que debía cantar de un modo improvisado: “Xalbador, éste es tu tema, las manos de la abuela, “amatxiren eskuak”. Tras unos segundos de concentración empezó a cantar con una melodía suave y nostálgica:

Aizu, amona, aspaldian zu etorri zinen mundura,
ta zure baitan ibili duzu zonbait-zonbait arrangura;
nik ikustean begi xorrotxez zuk duzun esku zimurra,
laster mundutik joanen zarela etorzen zeraut beldurra.

Escucha abuela,
hace ya mucho tiempo que viniste al mundo,
y en tu interior has pasado muchas preocupaciones.
Al contemplar con mi fina mirada esas queridas manos arrugadas,
me viene un temor de que pronto tendrás que dejar este mundo.

Los oyentes no esperaban esta salida. Mirando a Xalbador podrían asegurar que no es un ejercicio de erudición y rima el de éste buen pastor. En su cara parecía vislumbrarse una añoranza de esa “amatxi”. Xalbador, sin cambiar el gesto grave y profundo de su rostro, canta su segundo bertso:

Beste amatxi asko ikusi izan ditut han-hemenka,
Jainkoa, otoi, ez dadiela gaukoan eni mendeka:
zure eskuak ez bitza, otoi, behin betiko esteka,
semeatxiak hain maite baitu esku horien pereka.

He visto en todo el mundo a otras muchas “amatxis”,
Señor, por favor, que me perdonen hoy lo que digo,
que tus manos, “amatxi” mía, no se agarroten nunca,
pues éste tu nieto tanto ama las caricias de esas manos arrugadas.

Cuando los oyentes todavía no se habían repuesto de la emoción, Xalbador lanzó al aire su tercer bertso:


Ene amatxik mundu guzian ba ote zuen berdinik?
Dudatzen nago hardu dukeen nehoiz atseginik;
orai eskuak ximurtu zaizko zainak hor dazura urdinik,
eta ez dago arritzekoa horrenbeste lan eginik.

Mi “amatxi” en todo el mundo ¿acaso tendría una igual?
estoy dudando de que alguna vez hubiese tomado un descanso,
ahora se le han envejecido las manos,
y sus venas azules las tiene ahí a la vista,
no es de extrañar... ¡tanta labor han hecho!

Xalbador con esa mirada suya perdida en el horizonte está viendo a su abuela trabajando, hilando la lana, cuidando la olla en el fuego, meciendo la cuna de su nieto, desgranando las mazorcas de maíz o las cuentas del rosario. Una abuela, con unas manos arrugadas, que fue la memoria de esa comunidad familiar.





Texto de Asier Barandiarán